Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Salimos del bosque y entramos en un campo quebrado y pastoso. Las martinetas se alzaban a cada paso espantando los caballos con el zumbido de su vuelo inopinado y rápido.
El cielo estaba limpio y sereno, la luna y las estrellas brillaban como luces de diamantes; de la borrasca, no quedaban más indicios que unos nubarrones lejanos.
Lo mismo que luciérnagas en negra noche se divisaron unos fuegos.
A esa hora y en el desierto, era sumamente extraño.
El gaucho argentino tiene la inspiración de todos los fenómenos del campo.
De noche y de dÃa es un elemento.
—Esos fuegos han de ser en un toldo; los vemos por la puerta o por alguna rotura de las paredes —dijo Camilo.
—¿Y en qué conoces? —le pregunté.
—En que la llama no se mueve porque no tiene viento.
Asà conversábamos cuando nuestros caballos se detuvieron de improviso.
HabÃamos llegado al borde de una zanja.
Observamos atentamente el terreno; tenÃamos al frente un gran sembrado de maÃz.
—Aquà es el toldo de Villarreal —dijo el capitán Rivadavia.