Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Le previne a Camilo que cada diez minutos hiciera alto para que no nos fuéramos a extraviar, por no oír los cencerros, ¡en marcha!, grité y partieron todos.

Yo me detuve un instante a encender un cigarro.

Encendiéndolo estaba, cuando una sombra se acercó a mi lado.

Reconocí una mujer.

—Aquí vengo a traerle esto —me dijo, poniendo en mis manos un pequeño envoltorio de papel

—¿Y qué es eso? —le pregunté.

—Es un recuerdo.

—¿Un recuerdo?

—Sí, una faja pampa, bordada por mí.

—Gracias, ¿por qué se ha incomodado?

Dio un suspiro y con acento conmovido y tono de reproche amable, exclamó:

—¡Incomodado!

—¡Adiós! —le dije, recogiendo mi caballo.

—¡Adiós! ¡Adiós! —dijeron Villarreal y su mujer.

—¡Adiós! ¡Adiós! —repuse yo, y partí al galope, murmurando:

—Saben querer desinteresadamente y olvidar también.

No son ni ángeles, ni demonios.

Pero participan de las dos naturalezas a la vez.


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