Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Viendo que no lo hallaban y que el capitán Rivadavia y otros no parecÃan, mandé quemar el campo, no se pudo por la humedad y falta de sebo; se dieron voces, nadie contestó; silbamos, silencio profundo.
Destaqué tres descubridores; a las cansadas volvieron dos, sin haber visto ni oÃdo nada.
Faltaba el otro, y contestó de ahà cerca; hacÃa un rato que giraba perdido a nuestro alrededor.
La lluvia amenazaba volver a desplomarse por momentos.
—Marchemos al rumbo —le dije a Camilo—, hasta que lleguemos a un campo más alto que éste; los demás jinetes y caballos los hallaremos de dÃa.
Marchamos.
Y marchando Ãbamos cuando ladraron perros.
—Allà hay un toldo —dijo Camilo.
Miré la dirección que me indicaba; no vi sino tinieblas.
—Pues hagamos alto aquà y que vayan a averiguar dónde queda el de Ramón —le contesté.
Despachó una pareja de jinetes.
Volvieron diciendo que Ãbamos mal; que el camino quedaba a la izquierda, es decir, el poniente, y que el toldo de Ramón estaba muy cerca, que en cuanto cruzáramos una cañada lo verÃamos.