Una excursión a los indios Ranqueles

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Caímos a un bañado salitroso, y siendo tantos los rastros que lo cruzaban y los arbustos espinosos de que estaba cubierto, las tropillas se desparramaron.

Era una confusión, de todos lados sonaban cencerros y se oían los silbidos de los tropilleros repunteando los caballos menos amadrinados.

Nosotros mismos tuvimos que diseminarnos: las sendas eran muy tortuosas y los caballos no se seguían.

El salitral blanqueaba como la mansa superficie de un lago helado; crujía estrepitosamente bajo los cascos de los cien caballos que lo cruzaban, hundiéndose aquí en el guadal, empinándose allí en las carquejias que tanto abundan en las pampas, espantándose de repente de los fuegos fatuos que como una fosforescencia errante corrían acá y allá.

La noche se encapotaba; la luna declinaba con sombría majestad por entre anchas fajas jaspeadas y las estrellas apenas alumbraban, al través del velo acuoso que cubría los cielos.

Crucé el bañado.

Camilo Arias no se había separado de mí.

Algunos habían pasado ya y esperaban en la orilla: otros estaban acabando de pasar.

Con las tropillas sucedía lo mismo, no estaban reunidas aún.

Esperé un rato, y mientras tanto se buscó en vano el camino.


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