Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —¡Bueno, adelante! ¡Vamos! Es mucho más de medianoche; no perdamos tiempo —le dije.
Trepó al médano y le seguÃ. Los caballos hacÃan esfuerzos supremos para repecharlo, se enterraban hasta los ijares en la blanda y deleznable arena; pero subÃan poco a poco. Llegamos al borde de la cresta, y cuando yo creÃa trasmontar el obstáculo, me hallé con una hondonada profunda, de cuyo fondo manaba puro y cristalino un espejo de agua. Las tropillas bebÃan reflejándose en él, y la luna, desde un cielo limpio y azul, iluminaba; el agreste y poético paisaje.
Seguimos andando, subimos y bajamos.
De repente, a pesar de las precauciones tomadas, Camilo Arias me dijo:
—Señor, estamos perdidos.
—¡Alto! ¡Alto! —grité, y contestándole a Camilo:
—Busca la senda, pues.
Echamos pie a tierra y esperamos.
Un momento después volvió el ecuestre piloto diciendo:
—Por allà va.
Marchamos.
La noche se iba toldando; parecÃa querer llover al entrarse la luna.