Una excursión a los indios Ranqueles

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Le expresé que no se incomodara, y me hizo entender que no era incomodidad sino deber y que extrañaba mucho de Mariano Rosas me hubiera dejado salir de Leubucó sin darme carne.

En efecto, de allí habíamos salido con una mano atrás y otra adelante, resueltos a comernos las mulas.

Yo me había hecho el firme propósito de no pedir qué comer a nadie.

Era una cuestión de orgullo bien entendida en una tierra donde los alimentos no se compran; donde el que tiene necesidad pide con vuelta.

Trajeron una vaca gorda y dos ovejas, mandé a mi gente a carnearlas y entramos con Ramón a la platería.

El indio me habló así:

—Yo soy amigo de los cristianos, porque me gusta el trabajo; yo deseo vivir en paz, porque tengo qué perder; yo quiero saber si esta paz durará y si me podré ir con mi indiada al Cuero, que es mejor campo que éste.

Le contesté:

Que me alegraba mucho de oírlo discurrir así; que eso probaba que era un hombre de juicio.

Añadió:

—Yo conozco la razón ¿usted cree que no me gustaría a mí vivir como Coliqueo[*10]? ¡Pero cuándo van los otros!


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