Una excursión a los indios Ranqueles

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—Cierto, atíncar es, así le llaman los chilenos —y esto diciendo se levantó, se acercó a la fragua, metió la mano en un saquito de cuero que estaba al lado de la horqueta de una tijera del techo, y desenvolviéndolo y pasándomelo, me dijo:

—Esto es atíncar.

Era una sustancia blanquecina, amarga; como la sal.

Apunté atíncar, convencido que la palabra no era castellana.

En cuanto llegué al Río Cuarto, uno de mis primeros cuidados fue tomar el diccionario.

La palabra atíncar trotaba por mi imaginación.

Atíncar hallé en la página 82, masculino, véase: bórax.

—¡Alabado sea Dios! —exclamé. Yo sabía lo que era bórax; sabía que era una sal que se encuentra en disolución en ciertos lagos; sabía que en metalurgia se la empleaba como fundente, como reactivo y como soldadura. ¡Loado sea Dios!, volví a exclamar, que así castiga sin palo ni piedra.

Tanto que declamamos sobre nuestra sabiduría, tanto que leemos y estudiamos, ¿y para qué?


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