Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Me despedà de la familia de Ramón, cuyas hijas, apartándose de la costumbre de la tierra, nos abrazaron y nos dieron la mano, regalándoles sortijas de plata a algunos de los que me acompañaban.
En seguida marché, me acompañaban Ramón y cincuenta de los suyos al son de cornetas.
Ramón montaba un caballo bayo domado por él.
ParecÃa un animal vigoroso.
—Yo no soy haragán, amigo —me dijo—. Yo mismo domo mis caballos; me gusta más el modo de los indios que el de los cristianos.
—¿Y qué, doman de otro modo ustedes? —le pregunté.
—Sà —me contestó.
—¿Cómo hacen?
—Nosotros no maltratamos el animal; lo atamos a un palo; tratamos de que pierda el miedo; no le damos de comer si no deja que se le acerquen; lo palmeamos de a pie; lo ensillamos y no lo montamos, hasta que se acostumbra al recado, hasta que no sienta ya cosquillas; después lo enfrenamos, por eso nuestros caballos son tan briosos y tan mansos. Los cristianos les enseñan más cosas, a trotar más lindo, nosotros los amansamos mejor.
Hasta en esto, dije para mis adentros, los bárbaros pueden darles lecciones de humanidad a los que les desprecian.
Ramón me habÃa acompañado como una legua.