Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Y eso es cuando se llega, que a veces se queda uno en el camino.
Era tarde, ponÃase el sol, un viajero ecuestre galopaba a toda brida por los campos.
Encontróse con un gaucho y le preguntó:
—¿A qué hora llegaré a tal parte?
—Si sigue al galope —le contestó—, llegará mañana; si marcha al trotecito llegará lueguito no más.
—¿Y cuántas leguas hay?
—Asà como dos.
—¿Y cómo es eso: si está tan cerca, cómo he de tardar más andando más ligero?
—¡Oh! —contestó el paisano, echándole una mirada de compasión al caballo de su interlocutor—: es que si lo sigue apurando al mancarrón ahorita no más se le va a aplastar.
Lo cual, oÃdo por el viajero, hizo que, recogiendo la rienda, se pusiera al trote.
La aplicación de mis máximas, viajando en todas las estaciones, de dÃa y de noche, con buen y mal tiempo, por las vastas soledades del desierto, me ha dado siempre el mejor resultado.
He llegado a donde me proponÃa el dÃa anunciado de antemano, sin dejar caballos cansados en el camino y sin fatigar fÃsica ni moralmente a los que me acompañaban.