Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Mi regla era inalterable.

Partía al trote, galopaba un cuarto de hora, sujetaba, seguía al tranco cinco minutos, trotaba en seguida otros cinco, galopaba luego otro cuarto de hora, y por último hacía alto, echaba pie a tierra, descansaba cinco minutos y dejaba descansar los caballos prosiguiendo después la marcha con la misma inflexible regularidad, toda vez que el terreno lo permitía.

Los maturrangos que me seguían se quejaban de que cambiara tanto el aire de la marcha y de las continuas paradas, primero, por falta de reflexión; segundo, porque a ellos una vez que el cuerpo se les calienta, lo que menos les incomoda es el galope. Pero los caballos, más jueces en la materia que los que montan, estoy cierto, que en su interior decían, cada vez que oían la voz de alto y la orden de saquen los frenos: ¡bendito sea este Coronel!

Lo repito, viajando sucede lo mismo que leyendo.

Las lecturas más largas son ésas en las que no hay alteración ni en la cadencia ni en la dicción.

El autor de la tragedia de Leónidas había invitado varios de sus amigos para leerles una nueva composición.

Nadie se hizo esperar.


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