Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles ¿Mis oficiales no pensaban en nada de esto al censurar mi parada a la vista de los médanos de la Verde, como no pensaron en ocasiones anteriores qué habrÃa sido de los pobres caballos y de nosotros mismos, si hubiéramos marchado en alas de la impaciencia siempre al galope?
HabrÃamos tardado más en llegar a Leubucó, más en salir de allÃ, más en volver al punto de partida y el trayecto lo hubiéramos hecho entre el sueño y la fatiga.
Que se acuerden de lo que les pasó, yendo de la Verde al fuerte Sarmiento y cuando en cumplimiento de mis órdenes tuvieron que hacer la marcha al trote, y nada más que al trote.
Todos querÃan galopar o tranquear.
Los franciscanos clamaban al cielo.
La consigna era el trote y al trote se marchaba y las distancias parecÃan más largas y las horas eternas y todos se dormÃan y se llevaban los árboles por delante e interiormente exclamaban: ¡Malhaya el Coronel!
El Coronel tuvo, sin embargo, sus razones para dar esas órdenes, razones que no son del caso y que respondÃan a un sentimiento de prudencia previsora.
La parada no se efectuó únicamente por alterar la monotonÃa de la marcha; por hacer descansar los caballos. La diplomacia tuvo en ello gran parte.