Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Yo tenía motivos para retardar mi arribo a la Verde, en donde no quería detenerme, sino encontrarme, en todo caso, con el capitán Rivadavia, o con algún embajador de Mariano Rosas.

Cuando después de haber medido las distancias con el compás de la imaginación, el reloj me dijo que era hora de proseguir la marcha, mandé poner os frenos y cinchar.

Al tiempo de movernos descubriéronse a retaguardias dos polvos siguiendo la misma dirección de la rastrillada, siendo más pequeño el que estaba más cerca de nosotros, que el que remolineaba más lejos.

—Es uno que corre un avestruz —decían éstos; es uno que corre una gama, decían aquellos; no es nada de eso, decía Camilo Arias; es un indio que corre una cosa que no es animal del campo.

Mis oficiales y yo observábamos, haciendo conjeturas, y hasta los franciscanos que se iban haciendo gauchos, metían su cuchara calculando qué serían los tales polvos.

Ya estábamos a caballo.

Yo trepidaba; quería seguir y salir de dudas. Camilo Arias, cuya mirada taladraba el espacio, por decirlo así, hasta tocar los objetos, dijo entonces con su aire de seguridad habitual:

—Es un indio que corre un perro.


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