Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Los buenos franciscanos estaban pálidos; mis oficiales y los soldados tristes.
El mal no tenÃa remedio.
—¿Y qué, lo dejamos? —exclamaron los franciscanos.
—Vamos —dije, y partà al galope.
—Vamos, vamos —contesté; y una idea fijó mi mente, mortificándome largo rato.
¿Por qué, me preguntaba, pensando en la suerte de Brasil, no ha de tener alma como yo un ser sensible que siente el hambre, la sed, el calor, el frÃo: en dos palabras; el dolor y el placer sensual como yo?
Y pensando en esto procuraba explicarme la razón filosófica de por qué se dice:
Ese hombre es muy perro, y nunca cuando un perro es bravo o malo: ese perro es muy hombre.
¿No somos nosotros los opresores de todo cuanto respira, inclusive nuestra propia raza?
¿La moral será algún dÃa una ciencia exacta?
¿A dónde iremos a parar, si la anatomÃa comparada, la filosofÃa, la frenologÃa, la biologÃa, en fin, llegan a hacer progresos tan extraordinarios, como la fÃsica o la quÃmica los hacen todos los dÃas, tanto que ya no va habiendo en el mundo material nada recóndito para el hombre?
¿Qué le falta descubrir?