Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Al abandonar el toldo de Ramón entré en él a despedirme de su familia.

El movimiento que reinaba, dijo claramente, al instinto del animal que su libertad había concluido; viéndome salir sin él, prorrumpió en alaridos que desgarraban el corazón.

¡Quién sabe cuánto tiempo ladró!

Probablemente no se cansó de ladrar, y Ramón, cansado de sus lamentaciones, le soltó viéndonos ya lejos.

Brasil se dijo probablemente también, viéndose suelto:

Ils vont, l’espace est grand[15]; pero yo les alcanzaré, y se lanzó en pos de nosotros huyendo de aquella tierra donde los de su especie le habían hecho perder la buena opinión que tuviera de la humanidad.

Los dos polvos avanzaban sobre nosotros con celeridad.

Teníamos la vista clavada en ellos.

De repente, la nube más cercana se condensó y Camilo Arias gritó:

—¡Ahí lo bolean!

Lo confieso, persuadido de que era Brasil que venía hacia nosotros, las palabras de Camilo me hicieron el mismo efecto que me habría hecho en un campo de batalla ver caer prisionero a un compañero de peligros y de glorias.


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