Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Probablemente, Santiago amigo, en lo mismo que aquel tipo de comedia de San Luis, que te ponderaba un dÃa las delicias de su estancia.
—Aquà me lo paso —te decÃa cierta hermosa tarde de primavera desde el corredor, que dominaba una vasta campiña—, pensando… pensando…
Y tú, interrumpiéndole, con tu sorna caracterÃstica: —En qué… en qué…
Y el pobre hombre contestaba: —En nada… en nada…
El General era distraÃdo de su escritura a cada paso, por oficiales que se presentaban con distintas solicitudes, dirigiéndole la palabra desde el dintel de la puerta.
Yo seguÃa pensando…
En el instante en que mi pensamiento se perdÃa, qué sé yo en qué nebulosa, un eco del otro mundo, con tonada correntina, resonó en mis oÃdos:
—Aquà te vengo a ver, V. E., para que…
Mi sangre se heló, mi respiración se interrumpió…, quise dar vuelta, ¡imposible!
—Estoy ocupado —murmuró el General, y el ruido del rasguear de su pluma que no se interrumpió, produjo en mi cabeza un efecto nervioso semejante al que produce el rechinar estridoroso de los dientes de un moribundo.
—Haceme, che, V. E., el favor…