Una excursión a los indios Ranqueles

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—Estoy ocupado —repitió el General.

Yo sentí algo como cuando en sueños se nos figura que una fuerza invisible nos eleva de los cabellos hasta las alturas en que se ciernen las águilas.

Debía estar pálido, como la cera más blanca.

El general Gelly fijó casualmente su mirada en mí, y al ver la emoción angustiosa de que era presa, preguntóme, con inquietud:

—¿Qué tiene usted?

No contesté… Pero oí… El vértigo iba pasando ya.

El General estaba confuso. Yo debía parecer muerto y no enfermo.

—¡Mansilla! —dijo.

—General —repuse, y haciendo un esfuerzo supremo di vuelta la cabeza y miré a la puerta.

Si hubiese sido mujer, habría lanzado un grito y me hubiera desmayado.

Mis labios callaron; pero como suspendido por un resorte y a la manera de esos maniquíes mortuorios que se levantan en las tablas de la escena teatral, fuime levantando poco a poco de la silla y como queriendo retroceder.

—Che, V. E., hacé vos el favor —volvió a oírse.

El general Gelly se puso de pie, y dirigiéndose a la voz que venía de la puerta contestó:


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