Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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—¿Y ése que no hablaba, que estaba bien vestido y se tapaba la cara, quién sería?

—Ese es Ancañao.

Ancañao era un indio gaucho que estando yo en Buenos Aires, había hecho una correría muy atrevida por mi frontera, llegando hasta la laguna del Tala de los Puntanos, donde tomó e hirió malamente a un cabo del Regimiento 7.º de Caballería, que llevaba comunicaciones para el Río Cuarto.

En esas pláticas íbamos, cuando la luna, rompiendo al fin los celajes que se oponían a que brillara con todo su esplendor, derramó su luz sobre la blanca sabana de un vasto salitral, de cuya superficie refulgente y plateada se alzaron innumerables luces, como si la tierra estuviera sembrada de brillantes y zafiros.

Era un espectáculo hermosísimo; la luna, las estrellas y hasta las mismas opacas nubes, se retrataban en aquel espejo inmóvil, haciendo el efecto de un cielo al revés.

Las huellas de la última invasión que por allí había pasado, estaban aún impresas en el suelo cristalino.

Hice alto un momento, probé la sal y era excelente.

Los indios que viven más cerca de allí, la recogen en grandes cantidades y hacen uso de ella para cocinar, sin someterla a ninguna preparación previa.


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