Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Seguimos la marcha; un rato después estábamos en Agustinillo, campados al borde de una linda laguna y al abrigo de grandes chañares.
Hice tender mi cama, porque hacÃa fresco, lo más cerca posible del fogón, y mientras preparaban un asado, estando mis miembros fatigados y hallándonos completamente fuera de peligro, traté de echar un sueño.
¡Imposible dormir!
Mi mente, predispuesta a la meditación, no se dejaba subyugar por la materia.
Pensaba en las escenas extraordinarias que algunos dÃas antes eran un ideal, gozaba en la contemplación de ellas, y me decÃa en ese lenguaje mudo y grave con que nos habla la voz del espÃritu en sus horas de reconcentración: la miseria del hombre consiste en ver frustradas sus miras y en vivir de conjeturas; porque la realidad es el supremo bien y la belleza suprema.
En efecto, entre el ideal soñado y el ideal realizado, hay un mundo de goces, que sólo pueden apreciar como es debido los que, habiendo anhelado fuertemente, han conseguido después de grandes padecimientos y dolores lo que se proponÃan.
¿La virtud y la felicidad son acaso otra cosa que la ciencia de lo real?
Platón, lo ha dicho hablando de lo Bello:
«El alma que no ha percibido nunca la verdad, no puede revestir la forma humana».