Discursos sobre la primera decada de Tito Livio
Discursos sobre la primera decada de Tito Livio Es necesario, cuando se quiere que haya temor al castigo de las malas acciones, no olvidar el premio a las buenas, como se ha visto que no olvidaba Roma. Aunque una república sea pobre y pueda dar poco, no debe dejar de darlo, porque cualquier pequeña recompensa en premio de un servicio, por grande que sea, la estimará, quien la recibe, magna y honrosa. Conocidísima es la historia de Horacio Coclés y la de Mucio Escévola. Aquel combatió a los enemigos sobre un puente, mientras los romanos lo cortaban; este se quemó la mano por errar el golpe cuando quiso matar a Porsena, rey de los toscanos. Ambas heroicas acciones las premió el pueblo dando a cada uno una fanega de tierra.
Sabida es también la historia de Manlio Capitolino, que, por salvar el Capitolio, sitiado por los galos, recibió una pequeña cantidad de harina de cada uno de los que con él estaban cercados. Esta recompensa, dada la riqueza que entonces había en Roma, fue considerable; tanto, que movió después a Manlio, o por envidia, o por su mala índole, a promover una sedición en Roma, procurando ganarse al pueblo; pero sin consideración alguna a sus servicios, fue arrojado desde aquel mismo Capitolio que anteriormente salvó con tanta gloria suya.