Discursos sobre la primera decada de Tito Livio

Discursos sobre la primera decada de Tito Livio

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Cuando los príncipes tímidos o las repúblicas afeminadas envían a la guerra a uno de sus generales, la orden más beneficiosa que creen darle es que de ningún modo aventure batalla ni se deje obligar a darla, juzgando que así imitan la prudencia de Fabio Máximo, quien, evitando combatir, salvó Roma, y sin tener en cuenta que la mayoría de las veces esta recomendación es inútil o perjudicial; porque es indudablemente seguro que un general que quiera permanecer en campaña no puede evitar la batalla cuando el enemigo está dispuesto a darla de cualquier modo, y la orden en tal caso significa decirle: «Da la batalla a gusto del enemigo y no del tuyo». Para seguir la campaña y no librar batalla, hay un medio seguro, que es el de estar constantemente a cincuenta millas de distancia del enemigo y tener buenos espías para avisarte a tiempo si se acerca. Otra determinación es la de encerrarte en una plaza fuerte, pero ambas son muy peligrosas; porque en el primer caso se abandona el país al pillaje del enemigo y un príncipe valiente preferirá exponerse al resultado de una batalla a prolongar la guerra con tanto daño de sus súbditos. En el segundo la pérdida es manifiesta, porque si te encierras con el ejército en una ciudad, llegarás a ser sitiado, y al poco tiempo el hambre te obligará a rendirte; de suerte que evitar la batalla por cualquiera de estos dos medios es peligrosísimo.


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