El PrÃncipe
El PrÃncipe Para conocer a un ministro hay un modo que no falla nunca. Cuando se ve que un ministro piensa más en él que en uno y que en todo no busca sino su provecho, estamos en presencia de un ministro que nunca será bueno y en quien el prÃncipe nunca podrá confiar. Porque el que tiene en sus manos el Estado de otro jamás debe pensar en sà mismo, sino en el prÃncipe, y no recordarle sino las cosas que pertenezcan a él. Por su parte, el prÃncipe, para mantenerlo constante en su fidelidad, debe pensar en el ministro. Debe honrarlo, enriquecerlo y colmarlo de cargos, de manera que comprenda que no puede estar sin él, y que los muchos honores no le hagan desear más honores, las muchas riquezas no le hagan ansiar más riquezas y los muchos cargos le hagan temer los cambios polÃticos. Cuando los ministros, y los prÃncipes con respecto a los ministros, proceden asÃ, pueden confiar unos en otros; pero cuando proceden de otro modo, las consecuencias son perjudiciales tanto para unos como para otros.