La Mandrágora

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CALLIMACO. Pero pareciéndole sin duda a la Fortuna que yo era demasiado feliz, hizo que llegara a París un tal Camilo Calfucci.

SIRO. Empiezo a adivinar vuestro mal.

CALLIMACO. Éste, como tantos otros florentinos, era a menudo mi invitado; y un día, mientras hablábamos, empezamos a discutir si había más mujeres bellas en Italia o en Francia. Y como yo no podía hablar de las italianas, al ser tan chiquillo cuando de allí salí, alguno de los restantes florentinos allí presentes tomó la defensa de las francesas y Camilo la de las italianas; y luego de multitud de argumentos aducidos por ambas partes, dijo Camilo, casi airado, que aun cuando todas las italianas fuesen monstruos, una pariente suya podía, ella sola, asegurarles la palma del triunfo.

SIRO. Ya veo claro lo que queréis decir.

CALLIMACO. Y nombró entonces a mi señora doña Lucrecia, mujer de micer Nicia Calfucci, alabando tanto su belleza y su virtud que nos dejó a todos estupefactos; y en mí despertó tal deseo de verla que, dejando de lado toda deliberación, no preocupándome de si en Italia había guerra o paz, me puse en camino hacia aquí, donde he podido constatar algo poco corriente: que la fama de mi señora Lucrecia está muy por debajo de la realidad, y me he encendido en tales deseos de estar con ella que no encuentro reposo.


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