La Mandrágora
La Mandrágora CALLIMACO. Lo sé. Creo que me has oído decir mil veces, y no importa que me lo oigas mil y una, cómo teniendo yo diez años, y habiendo muerto mi padre y mi madre, fui mandado por mis tutores a París, donde he permanecido veinte años. Y hacía diez años[8] que vivía allí cuando, con la llegada del rey Carlos a Italia, empezaron las guerras que han arruinado esta provincia, por lo que decidí permanecer en París y no regresar a mi patria ya nunca, pensando vivir más tranquilo allá que aquí[9].
SIRO. Así es.
CALLIMACO. Encargué pues que fuera vendido todo lo que aquí poseía excepto la casa, y decidí permanecer allí donde durante diez años he sido el hombre más feliz del mundo…
SIRO. Lo sé.
CALLIMACO… Dividía mi tiempo parte en los estudios, parte en los placeres, y parte en los negocios, ingeniándomelas para que ninguna de estas tres cosas me absorbiese demasiado, impidiéndome dedicarme a las otras dos. Y por eso, como tú bien sabes, vivía muy tranquilo, ayudando a todo el mundo y procurando no ofender a nadie; de manera que creo era bien visto por burgueses, gentilhombres, forasteros y conciudadanos, pobres y ricos.
SIRO. Es verdad.