La Mandrágora

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ESCENA SEGUNDA

LIGURIO, CALLIMACO

LIGURIO. Nunca ansié tanto encontrar a Callimaco y nunca pené tanto por hallarle. Si le llevara malas noticias, lo habría encontrado a la primera. He estado en su casa, en la Plaza, en el Mercado, en el banco de los Spini, en la Loggia de los Tornaquinci, y no le he encontrado. Estos enamorados tienen azogue bajo los pies y no pueden estarse quietos.

CALLIMACO. Pero ¿qué hago que no le llamo? Y parece que está alegre. Eh, ¡Ligurio! ¡Ligurio!

LIGURIO. Oh, Callimaco, ¿dónde estuviste?

CALLIMACO. ¿Qué noticias?

LIGURIO. Buenas.

CALLIMACO. ¿Buenas de verdad?

LIGURIO. Óptimas.

CALLIMACO. ¿Está Lucrecia de acuerdo?

LIGURIO. Sí.

CALLIMACO. ¿Hizo el fraile lo que debía?

LIGURIO. Hízolo.

CALLIMACO. ¡Oh, bendito fraile! Rogaré siempre a Dios por él.

LIGURIO. ¡Ésta sí que es buena! Como si la gracia de Dios cayera lo mismo sobre los malos que sobre los buenos. El fraile querrá algo más que oraciones.

CALLIMACO. ¿Qué querrá?

LIGURIO. ¡Dinero!


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