Blackout
Blackout Piero Manzano, inquieto en su departamento congelado, decidió actuar. Su intuición no era una corazonada cualquiera: era la certeza de alguien que conocía los sistemas por dentro. Analizó los contadores inteligentes que regulaban el suministro eléctrico y encontró patrones anómalos, códigos extraños, una firma digital imperceptible para cualquier inspector común.
—Esto no es un error —murmuró para sí mismo—. Es un ataque.
Convencido de su hallazgo, acudió a la policía. Pero en tiempos de miedo, el mensajero también es sospechoso. Los agentes lo miraron con recelo, más atentos a su pasado de hacker que a sus advertencias.
—¿Así que usted era un pirata informático? —preguntó uno de ellos, frunciendo el ceño.
—Fui. Hace años. Ahora quiero ayudar.
—Quizás también fue usted quien hackeó el sistema —añadió el agente, entrecerrando los ojos.
Manzano sintió cómo las puertas se cerraban una tras otra. La lógica y la razón parecían inútiles en una Europa que retrocedía hacia la paranoia.