Blackout
Blackout Escaparon en el último segundo, lanzándose entre callejones oscuros, perseguidos como ratas, mientras las luces de emergencia destellaban intermitentes en el cielo de Milán.
Y en algún lugar, detrás de múltiples cortinas digitales, los verdaderos arquitectos de la caída observaban y reían.
El plan seguía en marcha.
Y el tiempo se agotaba.
Las ciudades caían una tras otra. No en explosiones espectaculares ni en batallas épicas, sino en silencios densos, en oscuridades interminables que consumían hospitales, supermercados, gobiernos.
Manzano y Shannon, aún prófugos, sabían que lo peor estaba por venir. El descubrimiento de los centros de control había sido solo un atisbo: la verdadera amenaza era sistémica, diseñada para perpetuarse. Cada pequeño reinicio, cada esfuerzo por restaurar la red, era respondido por nuevos sabotajes.
En Berlín, Michelsen presenció el colapso de sus esperanzas cuando recibió el reporte de Francia: dos reactores nucleares en estado crítico. Los generadores diésel, última línea de defensa, comenzaban a fallar.
—Si los sistemas de enfriamiento colapsan... —advirtió uno de los técnicos, incapaz de terminar la frase.