Blackout
Blackout —Saberla no siempre cambia las cosas —replicó Manzano con amargura.
De hecho, no todos los culpables fueron capturados. Muchos escaparon, protegidos por fortunas y contactos. Y aunque algunos consorcios se desmoronaron bajo el peso del escándalo, nuevos actores surgieron, ansiosos por llenar el vacío.
En un pequeño apartamento de Milán, Manzano volvió a la oscuridad voluntaria. Había hecho su parte. Había pagado su precio. Lo buscaban menos ahora, pero aún cargaba el estigma de haber sido sospechoso.
Una noche, mientras apagaba la última vela de su mesa, recibió una llamada encriptada. Una voz desconocida habló desde el otro lado:
—No fue el final, Manzano. Solo fue la prueba.
Y la línea murió.
Se quedó inmóvil un largo rato, mirando la ventana, donde el horizonte apenas insinuaba una línea tenue de luz.
La reconstrucción había comenzado, sí. Pero también había comenzado algo más: una era de incertidumbre donde la tecnología sería vista tanto como salvación como como amenaza.
Piero Manzano, una vez más, comprendió la verdad esencial: el verdadero apagón no era solo eléctrico.
Era moral.
Y no hay generador que pueda devolver esa luz.