Blackout
Blackout No era solo la calle. Era toda la ciudad. El apagón era total. Y no estaba solo en eso. A cientos de kilómetros, en Roma, en las entrañas de Terna, el centro de control eléctrico de Italia, Valentina Condotto veía con horror cómo el sistema colapsaba en su pantalla. No eran fallos aislados: eran secciones enteras del país, líneas de transmisión que caían como piezas de dominó. Calabria, Sicilia, Lombardía... Una tras otra.
—¡Todo el norte de Italia está fuera! —exclamó su compañero, voz quebrada por la incredulidad.
Y no terminaba allí. Más allá de las fronteras, en Austria, el ingeniero Herwig Oberstätter percibió la vibración anómala de las turbinas de su planta hidroeléctrica. El corazón mecánico de Europa comenzaba a descompasarse. Una amenaza invisible recorría los cables y las redes como un virus indomable.
Manzano, mientras tanto, tambaleándose en la nieve sucia, comprendió que algo anormal estaba ocurriendo. Algo enorme. En el hospital, bajo luz de emergencia, una médica joven cosió la herida de su frente.
—¿No tienen electricidad tampoco? —preguntó él, adivinando la respuesta.
—Todo Milán está así —respondió la doctora—. Y según dicen, no es solo aquí. Puede que toda Europa esté a oscuras.