Ellos ya saben (3I/Atlas)
Ellos ya saben (3I/Atlas) En Argentina, bajo la pátina fría de la cordillera, se erigió el santuario del estudio: un laboratorio excavado en roca basáltica, aislado de curiosos y periodistas, protegido por puertas de acero que parecían sellar no un centro de investigación, sino un sepulcro. Allí llegaron las cápsulas que contenían fragmentos de hielo arrancados al cometa por una misión robótica. Allí también se congregó el reducido grupo de especialistas destinados a descifrar su secreto.
Yo, Rodrigo Álvarez, astrobiólogo, era el más joven de aquel círculo de mentes. Me enorgullecía haber sido convocado; creía que el destino me había señalado con la oportunidad de ver, por primera vez, la semilla de otros mundos. Recuerdo las primeras noches en el laboratorio: el eco metálico de mis pasos en los corredores, el olor a ozono que flotaba tras cada apertura de esclusa, el murmullo reverente con que mis colegas pronunciaban aquel nombre: ATLAS.
Había en todo ello una vibración de grandeza. Mas, en retrospectiva, debo admitir que también había un estremecimiento sutil, como si el universo mismo hubiese decidido depositar en nuestras manos no un regalo, sino una carga. Pues aun entonces, en la superficie gélida de aquellos fragmentos opacos, brillaba un fulgor débil y enfermizo que parecía advertirnos: no habéis sido invitados a contemplar este viajero.
