Ellos ya saben (3I/Atlas)
Ellos ya saben (3I/Atlas) Mis colegas reaccionaron con la incredulidad de quien contempla un milagro y se ve obligado a vestirlo con la túnica de la ciencia. Se habló de cristalización anisotrópica, de estructuras auto-organizadas, de ilusiones ópticas. Pero a cada nueva muestra, a cada recreación microscópica que brotaba frente a nuestros ojos, el pretexto se hacía más débil. Aquello no era azar. Era memoria.
Hubo noches en que permanecíamos en vela observando aquellas miniaturas fantasmales. Y aunque nos maravillábamos, ninguno pudo negar la impresión creciente de que esas ciudades diminutas no eran tanto representaciones como recuerdos preservados. Como si el cometa hubiese sido sembrado de cápsulas cuyo único propósito era testimoniar la grandeza extinguida de mundos remotos.
Sin embargo, lo más perturbador no era lo que veíamos, sino lo que intuíamos en las sombras microscópicas: figuras descomunales, de proporciones aberrantes, apenas insinuadas entre los edificios cristalinos. Nunca logramos definirlas con claridad. Bastaba, no obstante, con percibirlas para sentir un escalofrío atávico: el presentimiento de que no se trataba de fantasmas, sino de huéspedes ausentes, aguardando pacientemente a ser recordados.
