Ellos ya saben (3I/Atlas)
Ellos ya saben (3I/Atlas) Al principio yo era solo un observador más, uno de tantos que se maravillaban ante aquellas ciudades microscópicas. Pero con el paso de los días, mientras mis colegas discutían hipótesis y escribían artículos que jamás se atreverían a enviar, algo distinto comenzó a germinar en mi interior.
No sabría decir si fue el cansancio o la proximidad constante a las muestras, pero pronto empecé a notar un ritmo oculto en las estructuras. No se trataba ya de formas arquitectónicas: eran secuencias, repeticiones, intervalos precisos, como una música muda inscrita en la geometría del cristal. Pasaba horas contemplándolos, y al cerrar los ojos, las figuras seguían allí, grabadas en mis párpados como brasas.
Mis colegas lo notaron. “Rodrigo, deberías dormir”, me decían. “Estás demasiado expuesto a la radiación ultravioleta”. Pero el sueño se me había vuelto enemigo: cada vez que cerraba los ojos, escuchaba susurros que no eran sueños. No era un idioma humano, pero tampoco un ruido sin sentido. Era un murmullo constante, articulado, que me hacía despertar empapado en sudor y con palabras extrañas en la boca.
