El cuento de la criada
El cuento de la criada El vestido no es rojo. Es ligero, casi frÃvolo, de un color oscuro que absorbe la poca luz de la habitación. Defred lo sostiene entre los dedos, sintiendo la suavidad del tejido, pero lo que realmente pesa es lo que significa.
—Póntelo —ordena el Comandante.
Ella obedece. Sus movimientos son mecánicos, su mente atrapada en una telaraña de sospecha. ¿Por qué la viste as� ¿Por qué la saca del papel de Criada? Cada fibra de su cuerpo le grita que huya, que esto es una trampa. Pero en Gilead, no hay a dónde correr.
El auto la espera afuera. Defred sube sin preguntar, sintiendo el cuero frÃo bajo sus muslos desnudos. El Comandante toma el volante con una calma que la asusta más que cualquier amenaza.
—Es un lugar especial —dice él, con una sonrisa.
Las calles están en silencio. Solo patrullas ocasionales rompen la monotonÃa de la noche. Pero el Comandante no teme. Él es el poder. Él dicta las reglas… y las rompe cuando quiere.
Finalmente, el auto se detiene frente a un edificio sin distintivos. Nada lo delata como parte de Gilead. Defred baja detrás de él, con el estómago revuelto. El portero ni siquiera los mira cuando entran.
Dentro, el golpe de la música la aturde.