El cuento de la criada
El cuento de la criada Esa noche, Defred se sienta en su cama, abrazándose las rodillas. Estoy embarazada. O quizás no. Quizás sea otra mentira más, como tantas otras. Pero eso ya no importa.
Porque al dÃa siguiente, todo cambia.
La casa está en silencio cuando Defred baja las escaleras. Serena Joy está en la sala, de pie, rÃgida como una estatua.
Tiene algo en la mano.
Un vestido.
—Lo encontré en tu cuarto —escupe.
Defred siente el aire volverse hielo.
—Tú… —Serena se acerca. Su voz tiembla de rabia contenida—. Eres una maldita ramera.
Defred abre la boca, pero no hay excusas. Solo miedo.
—Lárgate a tu habitación —ordena Serena, con un filo mortal en la voz.
Defred obedece. Se sienta en la cama. Espera.
Y entonces, lo escucha.
Un motor.
Se asoma por la ventana.
Una furgoneta negra.
Los Ojos han venido por ella.
Los Ojos no tocan la puerta. No lo necesitan. Su sola presencia en la entrada es una sentencia.