El cuento de la criada
El cuento de la criada Defred sigue sentada en la cama, con las manos crispadas sobre su regazo. El aire es denso, cargado de un silencio que duele. Serena Joy está abajo. Lo sabe. La imagina de pie, rÃgida, los labios tensos por la ira. El Comandante estará junto a ella, con las manos a la espalda, fingiendo sorpresa, quizá incluso indignación. Pero su piel debe arder de vergüenza.
Entonces, el sonido que temÃa. Un golpe seco en la puerta de entrada.
—¡Baja! —grita Serena Joy.
Defred no se mueve al principio. Quisiera poder disolverse en la cama, volverse parte del mobiliario, ser invisible. Pero en Gilead no hay refugio. No hay escapatoria.
Se pone de pie. Su cuerpo se siente pesado, como si caminara bajo el agua. Cada escalón que baja es un latido más fuerte en su pecho. Un aviso de que el final está cerca.
Los Ojos están en la entrada, vestidos de negro, con la expresión inescrutable. Dos sombras implacables. Detrás de ellos, la furgoneta oscura, con el motor en marcha, esperando tragarla.
El Comandante parece… pequeño. Como si lo hubieran encogido.
—¿Por qué? —pregunta, con la voz apenas un susurro.