Por si un día volvemos
Por si un día volvemos Horas después, el horror. La bestia en forma de hombre la viola brutalmente, dejándola rota, ensangrentada, y con una furia ardiente latiendo bajo su piel. Cecilia, sin gritar, sin llorar, arrastra su cuerpo bajo el peso del depredador dormido y busca a tientas una herramienta. Una hoz. Y la clava.
—Tan solo alcé el brazo por encima de su espalda y, apretando los dientes, le hinqué la hoz con todas mis fuerzas.
El cuerpo reacciona con estertores animales. Sangre, gargajos, lengua grotesca. Lo empuja, lo aparta. No comprueba si vive o muere. Solo hurga en sus bolsillos, toma su dinero, su mechero, su petaca, un pañuelo. Y huye.
Empieza así un éxodo solitario. Cecilia, convertida ya en sombra, cruza tierras y embarca hacia Argelia con una identidad falsa: ahora es Cecilia Belmonte. La verdadera ha quedado atrás, enterrada bajo la hoz. En Orán, una ciudad de frontera, árabe y francesa, pero también española, empieza su lucha por no desaparecer.
Sin papeles, sin futuro, sin otra arma que su silencio y sus manos, encadena trabajos que matan por dentro: lavaderos, fábricas, casas de familia. Una jornada acaba donde comienza la siguiente. El cansancio es constante, la amenaza también. Todo cuerpo femenino parece estar en venta. Ella, sin embargo, sigue, se endurece, aprende a doblarse sin romperse.
