Por si un día volvemos
Por si un día volvemos Argelia, ese lugar que parecía esperanza, es solo otro infierno con mejor clima.
Pero algo germina. Una obstinación. Un odio mudo. Una voluntad de no hundirse. A cada golpe, Cecilia se reconstruye. No olvida lo que fue. Pero empieza, lentamente, a imaginar lo que puede llegar a ser.
Orán la recibe como a tantos otros: sin promesas, sin clemencia. Cecilia sobrevive a puro cuerpo. Planta sus días en fábricas donde el humo se incrusta en los pulmones, limpia los restos de vida de casas ajenas, dobla la espalda y el orgullo. Su lengua se reduce a lo mínimo. La discreción es su escudo.
—¿De dónde eres? —le preguntan. —De Albacete —responde. —¿Y familia? —Ninguna. Vengo sola.
Y es verdad. Porque hasta el recuerdo es ya un lastre.
La ciudad es un cruce de culturas, tensiones y silencios: franceses altivos, árabes desplazados, españoles que sueñan con regresar pero nunca regresan. La vida no tiene raíces, solo rutina y urgencia.
En la tabaquera Bastos, el trabajo la consume a destajo. Mujeres como ella enrollan tabaco con dedos veloces y bocas cerradas. Pero un error, un descuido, una presencia equivocada, y el mundo de Cecilia da un giro brutal.