Por si un día volvemos
Por si un día volvemos Julien Bastos no es un monstruo a los ojos del mundo. Para el vecindario, es un empresario exitoso, benefactor ocasional, hombre de mundo. Para Cecilia, es otra prisión. Una más sofisticada. Una en la que el encierro se viste de aparente estabilidad. Pero el barro no se convierte en oro aunque brille bajo la lámpara.
Durante años, Cecilia vive atrapada en una rutina que le da algo parecido a una vida. Pero no es suya. Julien decide por ella: dónde, cuándo, cómo. Le permite estudiar por correspondencia, como si fuera un gesto magnánimo, pero en realidad solo le gusta moldearla. Convertirla en algo que él pueda exhibir, usar, presumir.
—Quiero que aprendas —le dice—. Que no te quedes siempre en lo mismo.
Pero en sus palabras hay trampa. No quiere que vuele, solo que sea más valiosa dentro de su jaula.
Cecilia, mientras tanto, construye su fuga en silencio. Aprende. Estudia contabilidad, administración, leyes básicas. Y algo más: cómo funcionan los hombres como Bastos. A quién sobornan. A quién temen. Qué les duele. También estudia las calles, los rostros, los rumores.
El giro llega una noche, sin aviso. Una discusión. Bastos, borracho, se pasa de la raya. Por primera vez, Cecilia no se calla.