Por si un día volvemos
Por si un día volvemos —No soy tuya —le dice, con una firmeza que nace de años de encierro.
Él la golpea. Una vez. Dos. Pero algo cambia. Cecilia no huye. Lo mira con odio puro.
Al día siguiente, ella va a la policía. Habla. Nombra. Aporta documentos, cuentas, movimientos dudosos. No lo hace por justicia, sino por libertad.
La caída de Julien es lenta pero irreversible. A Cecilia la vigilan, la acusan, la amenazan. Pero ya no se dobla. El fuego interno, ese que la sostuvo desde la marranera hasta ahora, se ha vuelto visible. Quien la toque, se quema.
Por primera vez en su vida, Cecilia Belmonte camina sin amos. No pertenece a nadie. Ha pactado con la oscuridad, sí. Pero ha salido viva. Y libre.
Libre. La palabra pesa tanto como alivia. Cecilia ahora debe aprender a vivir sin cadenas. Sin Bastos. Sin deberle nada a nadie. Y eso, en Orán, es casi un milagro.
Empieza de nuevo. Vive sola. Busca trabajo. Al principio, solo encuentra migajas: contabilidad para pequeñas tiendas, llevar libros en negocios de medio pelo. Pero lo hace con precisión, con una seriedad que desconcierta. Su reputación empieza a crecer. Es discreta, puntual, eficiente.