Por si un día volvemos
Por si un día volvemos Y entonces aparece la oportunidad que cambia su rumbo: un puesto en el liceo Lamoricière. Administración y organización. Un mundo nuevo: libros, educación, respeto.
Allí conoce a Clémentine, una maestra francesa que no se detiene en las apariencias. Se hacen amigas. Con ella, Cecilia descubre algo que nunca había tenido: compañía desinteresada. Confianza. Por primera vez, puede hablar sin esconderse del todo.
—¿Por qué viniste a Argelia? —le pregunta Clémentine una tarde.
Cecilia baja la mirada. No miente. Pero tampoco lo dice todo.
—Quería empezar de nuevo.
En ese liceo, entre papeles y pizarras, Cecilia empieza a imaginar una versión de sí misma que nunca creyó posible. Se forma, se expande, toma cursos, mejora su francés. Se convierte en algo más que una sobreviviente: una mujer que construye, que asciende, que se respeta.
Y llega otro encuentro inesperado: el doctor Álvaro Quílez. Español, comprometido, idealista. Nada que ver con Bastos. Él la mira como un igual. Le habla de política, de justicia, de las grietas del colonialismo. Ella escucha, duda, se interesa.
—Aquí todo es frágil, Cecilia —le dice—. La calma es una fachada. Esto va a estallar.