El albatros negro
El albatros negro Entre archivos olvidados, descubren una carta de Eleanor Lira dirigida a un almirante español. En ella, la joven describe cómo fue obligada a entregar un “manuscrito herético” a bordo del Albatros, un texto que podría desacreditar los pilares de la nobleza que ordenó la expedición. En los márgenes, Eleanor había dibujado una rosa de los vientos, con un punto señalado: un lugar en la ría de Vigo, oculto entre formaciones rocosas, visible solo con la marea baja.
Nagore, fascinada, se detiene en un pasaje:
—“Al fin y al cabo —lee en voz alta— no hay monstruo más temido que la verdad cuando se disfraza de historia.”
Con esa clave en mano, Pietro y ella deciden investigar el lugar señalado por Eleanor. El terreno es complicado, el acceso casi imposible. Pero encuentran restos. Piedras marcadas. Y entre ellas, una placa con símbolos que coinciden con los encontrados en las notas de Lucía. El Albatros Negro fue real. Y lo están más cerca que nunca.
Esa noche, alguien entra al despacho de Nagore. Revuelven todo. Pero no roban nada. Solo dejan un mensaje garabateado en una hoja blanca: “Dejen que los muertos duerman.”
Pero los muertos, ahora, están hablando. Y no piensan callar.