El Padrino
El Padrino —¿Dónde están los hombres de mi padre? —preguntó al enfermero, quien solo balbuceó excusas.
Michael no dudó. Con la ayuda de Enzo, un panadero que le debía favores a los Corleone, improvisó un puesto de guardia frente al hospital. Cuando los vehículos sospechosos llegaron, vieron a Michael plantado como una estatua bajo la tenue luz de un farol.
El momento lo cambió para siempre. Ya no era solo el hijo menor, ajeno a las intrigas. En ese instante, se convirtió en algo más: un hombre dispuesto a proteger a su familia, sin importar el precio.
—Michael, no tenías que hacer eso —dijo Sonny al enterarse—. Pero demostraste que tienes la sangre de los Corleone en tus venas.
Esa noche, Michael tomó una decisión que sellaría su destino. En una reunión clandestina, propuso enfrentarse a Sollozzo directamente.
—Yo lo haré —dijo, con una frialdad que dejó a los demás en silencio—. Seré quien lo mate.
El plan tomó forma rápidamente: una cena con Sollozzo y un oficial corrupto de la policía sería el escenario perfecto. Mientras los demás discutían los detalles, Michael se quedó en silencio, mirando sus manos como si ya estuvieran manchadas de sangre.
—No habrá vuelta atrás, Michael —advirtió Tom, con un tono más paternal que profesional.