La tÃa Julia y el escribidor
La tÃa Julia y el escribidor Y lo intentan. DÃa tras dÃa, oficina tras oficina, mintiendo, disfrazando la historia, buscando resquicios legales. Las negativas se acumulan, como insultos. La dignidad empieza a resquebrajarse. En una de esas visitas, el funcionario los mira con desprecio:
—¿Qué clase de juego creen que es este? Váyanse antes de que los denuncie.
Julia, por momentos, parece rendirse. Pero entonces, cuando Marito ya casi no lo espera, ella regresa con un plan: se casarán en Huancayo, lejos de Lima, donde el control familiar y social se diluye.
Viajan. Es un viaje de fuga, pero también de afirmación. En ese tren, entre estaciones perdidas, sellan algo más que un pacto legal. Sellan una forma de estar en el mundo, aunque el mundo entero los rechace.
Pedro Camacho, en paralelo, ha tocado fondo. Su mente, exhausta, se desarma en vivo. Comienza a incluir en sus radionovelas elementos de su propia vida, errores grotescos, frases inconexas. El delirio se convierte en su única voz. Genaro—hijo, sin alternativa, lo despide. Es el fin del escribidor.
Varguitas lo visita en su pequeño cuarto, lo ve reducido a la sombra de quien fue. Camacho lo recibe con dignidad herida, sin rencores.
—La creación… la creación exige todo —dice, señalando los manuscritos desordenados—. Uno paga… paga con la cabeza.