La tÃa Julia y el escribidor
La tÃa Julia y el escribidor La novela es publicada. Con éxito moderado, pero suficiente. Marito empieza a ser reconocido en el ambiente literario. No como un escándalo, sino como una voz nueva, potente, distinta. La escritura ha sido su arma, su refugio y su redención.
Pedro Camacho, el escribidor caÃdo, se convierte en un recuerdo lejano, casi mÃtico. Un ejemplo de lo que ocurre cuando uno deja que la ficción lo consuma por completo. Marito lo evoca con respeto, incluso con gratitud. Porque sin él, quizá no habrÃa comprendido el poder —y el precio— de contar historias.
—Todos tenemos un guion, Marito —le habÃa dicho una vez Camacho, en uno de sus momentos lúcidos—. Pero los buenos escritores… los queman.
Y eso hizo él. Quemó el guion que le habÃan escrito: el del sobrino obediente, el estudiante de Derecho, el miembro respetable de una familia limeña tradicional. Eligió uno nuevo. Con Julia. Con letras. Con caos.
La novela termina con una nota de ambigüedad. No hay triunfo estridente. Tampoco derrota. Solo la certeza de que, incluso en un mundo lleno de absurdos, de prejuicios, de caminos marcados, siempre hay margen para inventarse una vida. Para narrarla. Para vivirla.
Y esa es, quizás, la gran lección de Marito: que a veces hay que escribir la historia no como deberÃa ser… sino como uno la necesita para existir.
FIN de La tÃa Julia y el escribidor