Amalia

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Y tomando el viejo la pluma que le presentaba Rosas, escribió al pie del oficio, y con una letra trémula: Manuel Corvalán[40].

—Bien pudo aprender a escribir mejor cuando estuvo en Mendoza —dijo Rosas, riéndose de la letra de Corvalán, quien no le contestó una sola palabra, quedándose de pie como una estatua al lado de la mesa—. Dígame, señor general Corvalán —continuó Rosas todavía sonriéndose—, ¿qué le contestó Simón Pereyra[41]?

—Que los paños de tropa no se podían conseguir hoy al mismo precio que los anteriores, sino a un treinta por ciento más.

—¡Mire! —dijo Rosas dándose vuelta en la silla y poniéndose cara a cara con Corvalán—. Mañana a las doce vaya usted a verlo, y, delante de todos los que están con él, hágale así de mi parte, repitiéndole en cada vez, que yo se lo mando. ¿Ha oído?

—Sí, Excelentísimo señor.

—¿A ver, cómo lo va a hacer?

—El Señor Gobernador le manda a usted esto… El Señor Gobernador le manda a usted esto… El Señor Gobernador le manda a usted esto…


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