Amalia

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Y al fin de la oración, Corvalán daba un golpe con la mano abierta sobre la mitad del brazo opuesto. Rosas soltó una carcajada; los escribientes sonrieron, pero el edecán de Su Excelencia permaneció con una fisonomía inconmovible.

—Dígame, general, ¿a qué hora vino el médico que está ahí?

—A las doce del día, Excelentísimo señor.

—¿Ha pedido algo?

—Un vaso de agua una vez, y fuego dos veces.

—¿Ha dicho algo?

—Nada, señor.

—Bueno; llévele este oficio que me pasó ayer, y dígale que lo rehaga y ponga la raya marginal que le falta, y que otra vez no se olvide de las disposiciones del gobierno.

—¿Y lo dejo retirarse?

—Sí, ya ha estado doce horas sin comer, y con miedo, para que aprenda a respetar otra vez lo que yo mando.

Y Corvalán salió a cumplir las órdenes recibidas con aquel hombre vestido de negro que encontramos en el cuarto a la izquierda del pasadizo.

—¿Las comunicaciones de Montevideo están extractadas? —preguntó Rosas a uno de los escribientes.

—Sí, Excelentísimo Señor.

—¿Los avisos recibidos por la policía?


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