Amalia

Amalia

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

—Están apuntados.

—¿A qué hora debía ser el embarco esta noche?

—A las diez.

—¡Son las doce y cuarto! —dijo Rosas mirando su reloj y levantándose—. Habrán tenido miedo. Pueden ustedes retirarse. Pero ¿qué diablos es esto? —exclamó reparando en el hombre que dormía enroscado en un rincón del cuarto envuelto en un manteo—. ¡Ah, Padre Biguá![42] Recuérdese Su Reverencia —dijo, dando una fortísima patada sobre los lomos del hombre a quien llamaban Su Reverencia, que, dando un chillido espantoso, se puso de pie enredado en el manteo. Y los escribientes salieron uno en pos de otro, festejando con un semblante risueño la gracia de Su Excelencia el gobernador.

Rosas quedó cara a cara con un mulato de baja estatura, gordo, ancho de espaldas, de cabeza enorme, frente plana y estrecha, carrillos carnudos, nariz corta, y en cuyo conjunto de facciones informes estaba pintada la degeneración de la inteligencia humana, y el sello de la imbecilidad.

Este hombre, tal como se acaba de describir, estaba vestido de clérigo, y era uno de los dos estúpidos con que Rosas se divertía.

Dolorido y estupefacto, el pobre mulato, miraba a su amo y se rascaba la espalda, y Rosas se reía al contemplarlo, cuando entró de vuelta el general Corvalán.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker