Amalia

Amalia

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—Qué le parece a usted, Su Paternidad estaba durmiendo mientras yo trabajaba.

—Muy mal hecho —contestó el edecán con su siempre inamovible fisonomía.

—Y porque lo he despertado se ha puesto serio.

—Me pegó —dijo el mulato con voz ronca y quejumbrosa, y abriendo dos labios color de hígado, dentro los cuales se veían unos dientes chiquitos y puntiagudos.

—Eso no es nada, Padre Biguá, ahora con lo que comamos se ha de mejorar Su Paternidad. ¿Se fue el médico, Corvalán?

—Sí, señor.

—¿No dijo nada?

—Nada.

—¿Cómo está la casa?

—Hay ocho hombres en el zaguán, tres ayudantes en la oficina, y cincuenta hombres en el corralón.

—Está bueno; retírese a la oficina.

—¿Si viene el jefe de policía?

—Que le diga a usted lo que quiere.

—Si viene…

—Si viene el diablo, que le diga a usted lo que quiere —le interrumpió Rosas bruscamente.

—Está muy bien, Excelentísimo señor.

—Oiga usted.

—¿Señor?


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