Amalia
Amalia —Si viene Cuitiño[43], avíseme.
—Está muy bien.
—Retírese… ¿Quiere comer?
—Doy las gracias a Su Excelencia; ya he cenado.
—Mejor para usted.
Y Corvalán fuese con sus charreteras y su espadín a reunir con los hombres que estaban tendidos sobre las sillas, en aquel cuarto de la izquierda del patio, que ya el lector conoce, y al que el edecán de Su Excelencia acababa de dar el nombre de oficina; tal vez porque al principio de su administración, Rosas había instalado en ese cuarto la comisaría de campaña, aun cuando al presente sólo servía para fumar y dormitar los ayudantes de ese hombre que, como invertía los principios políticos y civiles de una sociedad, invertía el tiempo, haciendo de la noche día para su trabajo, su comida y sus placeres.
—¡Manuela! —gritó Rosas luego que salió Corvalán, entrando al cuarto contiguo, donde ardía una vela de sebo cuyo pabilo carbonizado dejaba esparcir apenas una débil y amarillenta claridad.
—¡Tatita! —contestó una voz que venía de una pieza interior. Un segundo después apareció aquella mujer que encontramos durmiendo sobre una cama, sin desvestirse.