Amalia
Amalia Alistados a sus banderas no faltaban algunos oficiales, generales del tiempo de la Independencia, y como tales, viejos veteranos que se habían criado entre los grandes planes militares y la disciplina severa, sirviendo a las órdenes de los primeros capitanes de aquella guerra gigantesca. Y las medidas de Rosas, como general en jefe del ejército, en aquellos momentos en que todos jugaban su porvenir, si no su vida, era la pesadilla diaria de aquellos soldados de la Independencia que no veían sino el absurdo y la ignorancia, o la más completa apatía en las disposiciones del dictador, que revelaban una completa ausencia de las nociones más simples del arte de la guerra. Para ellos era incomprensible que sólo con rondas, para ver si hallaban algún unitario con armas; con visitas a los cuarteles, para no encontrar sino montones de hombres sin disciplina ni espíritu de soldado; y con hacinar enjambres de hombres y de animales en un estrecho campamento se pudiese asegurar el triunfo o siquiera una resistencia regularizada, llegado el caso de un ataque serio sobre aquel punto, o de una sorpresa a la ciudad. Y ante semejantes planes militares, renegaban de la suerte que los había puesto bajo el mando de aquel «bruto», como lo llamaban Mansilla, Soler y otros que habían ceñido la espada desde los primeros días de la Revolución de América.