Amalia
Amalia Pero no bien el maestro de primeras letras había llegado a la esquina de esa cuadra, andando siempre en dirección al Retiro, cuando otra comitiva federal doblaba del colegio hacia la fonda, y se encontró de manos a boca con don Cándido.
Éste no bajó, saltó de la acera, y, con el sombrero en la mano, empezó a hacer profundas reverencias.
Los otros, que tenían más ganas de almorzar que de saludar, y muy habituados que estaban a esa clase de cumplimientos, siguieron su camino, mientras don Cándido se quedó saludándolos hasta por la espalda.
Vertiginoso, latiéndole las sienes terriblemente, y sudando a ríos, dobló al fin por la calle de la Victoria en dirección al campo, y fue a entrar por aquella puerta donde lo conocieron nuestros lectores por primera vez, y que no era otra que la de Daniel, como es probable que lo recuerden.
Un momento después, nuestro desgraciado secretario entraba a la sala de su antiguo discípulo, a quien halló sentado en una cómoda silla de balanza, leyendo muy tranquilamente la elocuente Gaceta Mercantil.
—¡Daniel!
—¿Señor?
—¡Daniel, Daniel!
—¡Señor, señor!
—Nos perdemos.
—Ya lo sé.